UN ROSTRO DEL PARAGUAY

Una anciana corpulenta, a quien no oí hablar español, me hizo una síntesis de lo que conocí en el Paraguay. De manos grandes, casi sin dientes, pero vigorosa, ayudaba en la cocina –la hoya sobre los troncos en el patio- del comedor de ancianos de su barrio. De vez en cuando se le escuchaban unas palabras en guaraní.

En eso estaba, cuando Mariza le vio el anillo en su mano izquierda, incrustado en su carne, como un alambre que rodeando el tronco de un árbol ahora lo ahorcaba porque había crecido. Los callos y la profundidad decían que no era reciente: meses, tal vez años.

Después de insistir un rato, aceptó que la acompañemos al centro de salud más cercano (el de su barrio estaba cerrado). Después de que Mariza arregló unas cositas y se cambió la ropa, fuimos a buscarla para salir, pero había desaparecido. Volvió cuando el guiso ya estaba listo. Me explicaron que no quería ir porque tenía que llevarle antes el almuerzo a su marido, que no venía al comedor, porque si no la golpeaba.

Así es el Paraguay que conocí: crudo, generoso, violento, sin máscaras, silencioso. Un Paraguay muy dependiente de la ayuda externa, que muchas veces es un salvavidas de plomo, porque a la vez que alivia, condiciona y cobra intereses o más grave aún, “favores” al colorado de turno. Los campesinos son desplazados por la soja y la complicidad de un sistema judicial primitivo y obsecuente y se van al Gran Asunción, a la Argentina o a España. Un sistema de salud al que acceden unos pocos y el que no está asegurado se queda a morir en su casa. Un machismo estructural a tal punto que no les choca. El abuso sexual y físico naturalizado.

Acaso ni se den cuenta de las injusticias, tal vez están resignados, tal vez cansados. Suelen decir: “igual nomás”… Y rara vez protestan.

Quién podría criticarlos: la guerra de la Triple Alianza (1865-1870) contra Argentina, Brasil y Uruguay y la guerra del Chaco (1932-1935) contra Bolivia, diezmaron al país. Desde sus orígenes estuvieron aislados del mundo por cuatro dictadores: el Dr. Francia (1812-1840), Carlos Antonio López (1840-1862), Francisco Solano López (1862-1870) y A. Stroessner (1954-1989) que acapararon casi toda la “vida independiente” de esta “isla rodeada de tierra” como diría Roa Bastos. Los últimos 60 años de gobierno estuvieron a cargo del mismo partido, el partido Colorado, y sufrieron la dictadura militar más larga que tuvo América Latina (35 años). Con todo esto hay mucho que se comprende. Ni la anciana del comedor de los abuelos conoció un país mejor.

Tal vez en la crudeza de esta realidad esté la esperanza del Paraguay. Por su parte los primeros jóvenes que nacieron en “democracia” tienen hoy 18 años, y desde las manifestaciones del Marzo Paraguayo en 1999, y las organizaciones campesinas, barriales y de la iglesia, ya se empieza a sentir un nuevo aire fresco para este país tan sufrido.

1/3/08

Tomás Baliña

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